
Volver a mirarme con amor (aunque todavía no me reconozca)
Cuando una madre deja de verse
Hay días en los que te miras al espejo y no te reconoces.
Tu reflejo sigue ahí, pero hay algo, muy dentro, que ya no vibra igual.
Como si la vida siguiera funcionando, pero tú… no tanto.
Y no es que haya pasado nada grave. Los niños están bien, la casa más o menos en orden, el trabajo sigue, la rutina se cumple. Pero hay una ausencia silenciosa, un vacío difícil de nombrar: el tuyo.
El de esa mujer que antes tenía sueños, ilusiones y ganas.
La que disfrutaba del silencio sin culpa, la que tenía energía para hacer cosas solo porque le hacían bien.
Y, de repente, entre pañales, tareas, trabajo y expectativas, se fue apagando poco a poco.
Sin ruido. Sin drama.
Simplemente… desapareció un poquito cada día.
La maternidad que te entrega… y también te arrasa
Nadie te lo cuenta, pero ser madre también puede doler.
No el amor —ese desborda—, sino la pérdida silenciosa de ti misma.
En el intento de cuidar a todos, de estar para todo, empiezas a dejarte para después. Primero pospones el descanso. Luego los espacios propios. Y más tarde, esas pequeñas cosas que te daban alegría.
Llega un momento en que ya ni recuerdas qué te gusta, ni sabes qué hacías solo por placer.
Lo más cruel es que el mundo aplaude esa entrega. Te dicen “qué madre tan dedicada”, y tú sonríes, aunque por dentro sientas que te estás apagando.
Pero la verdad es que nadie puede dar lo que no tiene.
Y cuando te vacías completamente por los demás, lo que queda es una versión cansada de quien fuiste alguna vez.
La autoestima no se construye: se recuerda
En IFA creemos que la autoestima no se fabrica desde fuera. No se gana con frases bonitas ni se pierde por días malos. Está ahí, debajo del ruido,
esperando a que dejes de exigirte tanto para poder respirar.
Volver a gustarte no es cuestión de maquillaje ni de logros.
Es una cuestión de mirada.
De cómo te tratas cuando no te reconoces.
De cómo te hablas cuando te sientes rota.
Autoestima es no abandonarte, incluso cuando no te sale quererte.
Es permitirte sentir sin esconderlo.
Es darte tregua, no castigo.
Es elegirte, aunque sea bajito, incluso cuando estás cansada de elegir por todos los demás.
Cómo empezar a volver a ti
No hay fórmulas mágicas ni pasos perfectos.
Hay pequeños gestos, casi invisibles, que van abriendo el camino hacia dentro:
Nombrar lo que te pasa sin culpa.
Dejar de compararte con versiones que no tienen tu historia.
Aceptar que puedes estar agotada y seguir siendo buena madre.
Cuidarte no es un lujo, es una necesidad.
No hace falta sentirte lista para volver. Solo hace falta no dejarte sola.
La ternura también es fuerza
A veces pensamos que sanar es “volver a ser la de antes”.
Pero no.
Sanar es mirar a la mujer que eres hoy, con todo lo vivido, y abrazarla igual, incluso cuando todavía no se parece a quien soñabas ser.
Esa ternura que tanto das hacia afuera es justo la que ahora te toca darte a ti.
Porque la calma no se busca: se recuerda.
Y tu calma —tu verdadera calma— está debajo de todo lo que has intentado sostener.
Preguntas para abrir la semana
¿Cuándo fue la última vez que te sentiste bien contigo misma?
¿Qué parte de ti echas de menos?
¿Qué pequeño gesto podrías tener contigo esta semana?
No hay respuestas correctas. Solo caminos para volver a casa.
Cierre
Y si hoy te miras al espejo y todavía no te reconoces… no pasa nada.
Mírate igual.
Con ternura.
Con paciencia.
Con esa mirada que usarías con quien más quieres.
Porque a veces no se trata de quererte al 100%, sino de no dejarte sola mientras aprendes a hacerlo de nuevo.
Con cariño,
Lola
IFA – Maternar y vivir en calma
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