
No perdiste tu confianza, solo dejaste de mirarte con amor.
Mamá, hay una sensación que llega en silencio, casi sin avisar.
Una mañana te miras al espejo y no sabes muy bien quién eres.
No es tristeza, ni falta de amor por los tuyos.
Es algo más sutil…
una especie de desconexión entre lo que haces cada día y lo que realmente sientes.
Has pasado años sosteniendo. Sosteniendo rutinas, emociones, casas, niños, trabajos, conversaciones, silencios.
Y lo haces bien —tan bien— que desde fuera nadie imaginaría que a veces te sientes vacía por dentro.
Y entonces aparecen las dudas.
Dudas de tus decisiones, de tu capacidad, de si estás haciendo lo suficiente.
Te miras al espejo y piensas: ¿Cuándo dejé de confiar en mí?
No hay una fecha exacta.
Solo un cúmulo de días donde priorizaste a todos menos a ti.
Donde cambiaste el descanso por eficiencia, la calma por control, la ternura por exigencia.
Y sin darte cuenta, empezaste a tratarte con dureza. A hablarte con desconfianza.
A creer que la única forma de sentirte segura era hacerlo todo perfecto.
Pero, mamá, la confianza no nace del control.
La confianza florece cuando te das permiso de ser humana.
Cuando te tratas con la misma ternura con la que hablas a tus hijos cuando se equivocan.
No perdiste tu confianza. Solo la dejaste dormida debajo de la culpa, el cansancio y la necesidad de hacerlo todo bien.
Y sí, volver a confiar en ti no es algo que se logra en un día.
Es un proceso de volver a casa, poco a poco, sin exigencia.
Vuelve cada vez que eliges hablarte bonito.
Vuelve cuando respiras antes de responder.
Vuelve cuando te miras al espejo sin buscar fallos, sino vida.
Tu confianza no está rota, mamá. Está esperándote en los lugares más simples:
en una taza caliente, en una siesta sin culpa, en un “no puedo hoy” dicho con suavidad.
Deja que la ternura haga su trabajo.
Deja de castigarte por no poder con todo.
Deja que tus pausas también sean parte del camino.
Porque volver a confiar en ti no significa volver a ser la de antes.
Significa abrazar la que eres hoy:
la que aprendió, la que se cansó, la que sigue intentando amar su propia historia.
Y eso —créeme— ya es una forma de amor.
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